post de reflexión #2 · aquello que nos ata

¿Conocen el cuento “El elefante encadenado” de Jorge Bucay?
Si no lo conocen, lo pueden leer aquí antes de seguir con el post. Si lo conocen, lo pueden leer otra vez aquí y así le dan una refrescadita a sus recuerdos. Es un cuento corto y bello.

Creo que pocos trozos de literatura pueden ofrecer una visión tan clara de uno de los mayores riesgos que enfrentamos los músicos: quedarnos anclados a los recuerdos de “no puedo” o “no todavía”.

Recuerdo con claridad a músicos mayores haciendo confesiones del tipo “esta obra está reservada para los grandes” (y no me refiero a los grandes en edad), o al mencionar la posibilidad de tocar obras de Mozart en público, recibir la respuesta “cuidado, no es fácil, muchas personas pueden no estar de acuerdo con tu versión“. Prejuicios. Temores. Cadenas atadas a estacas.

Ya sea porque nosotros o porque otro lo ha hecho, lo cierto es que en nuestro camino artístico es muy probable que tengamos una estaca que nos hace perder libertad. Cuando somos menores, esa estaca es grande para nosotros: nuestra técnica es básica, nuestro sonido está en formación, nuestra musicalidad va en un incipiente camino de madurez. Esto implica que hay cierto repertorio, o una forma de tocar que “nos queda grande” y que no podemos alcanzar todavía, o para la cual aún la técnica “no nos da”. Eso es normal, es un razonamiento sensato y lógico.

El problema surge cuando al igual que el elefante, crecemos, nuestra técnica se fortalece, nuestro sonido se desarrolla y adquiere una bella identidad, y todo esto va en favor de una creciente musicalidad… pero seguimos pensando que hay cierto repertorio que no podemos alcanzar. Es como tener la idea perenne de que siempre será, para nosotros, intocable (literalmente). La creencia sobre nuestra no-suficiencia ha sido tan reforzada, que no nos atrevemos a dar el paso, un paso sutil, para liberarnos de la estaca, liberarnos de los juicios (que fueron certeros tiempo atrás) respecto a nuestras propias capacidades. Tomar esa obra, estudiarla, sentirnos dignos de ella, hacerla propia: tocarla y honrarla.

Creo que el cuento en sí es una moraleja, no cabe más razonamiento o reflexión… ¿o quizás sí? ¿Tú qué piensas?

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